No sé ni cómo empezar esta entrada, así que simplemente haré camino...
Empecé escribiendo en este blog en el año 2006, hace casi 20 añitos de nada, cuando yo tan solo tenía 16. En ese momento se estilaba un consumo de internet lento. No se scrolleaba infinitamente ni existía la sensación de estar permanentemente conectados a todo y a todos. Pasábamos horas hablando por Messenger, tuneando el Fotolog, descargando canciones que tardaban una eternidad o navegando por páginas hechas con muchísimo cariño y poquísima pretensión.
Internet todavía tenía rincones.
Y quizá por eso echo tanto de menos aquella sensación.
Hace unos días, hablando con mi amiga Almu sobre la estética Frutiger Aero —esas interfaces brillantes, verdes imposibles, burbujas transparentes, cielos azules corporativos y optimismo tecnológico naïf— sentí algo rarísimo. Como si una parte muy concreta de mi adolescencia hubiera vuelto a encenderse de golpe. Esa sensación de futuro limpio, amable y emocionante que tenían los años 2004-2010. Cuando Windows Vista parecía avanzado, los reproductores MP3 parecían magia y pensábamos que internet iba a convertir el mundo en un lugar más creativo y más humano.
Qué extraño pensar eso desde 2026.
Porque ahora todo va rápido. Demasiado rápido.
Consumimos contenido sin apenas recordarlo cinco minutos después. Las redes son infinitas, los algoritmos nos conocen demasiado bien y, aunque estamos más conectados que nunca, a veces echo de menos la intimidad digital de aquella época. Entrar a los blogs de gente desconocida. Leer entradas larguísimas sobre la vida de alguien de Valencia, Chile o Finlandia. Los layouts horribles. Los gifs con purpurina. Las playlists automáticas. El drama adolescente escrito en Comic Sans.
Había algo profundamente humano en todo aquello.
Y mientras escribo esto me doy cuenta de lo muchísimo que ha cambiado mi vida desde entonces.
La María de 16 años escribía desde un pueblo de Toledo soñando con escapar, con vivir cosas grandes, con encontrar personas que la entendieran, con convertirse “en alguien”. Y ahora tengo 35 años, trabajo en una empresa enorme que jamás habría imaginado entender cuando era adolescente, tengo responsabilidades reales, reuniones, estrategias, reportes, decisiones importantes… y, sin embargo, sigo sintiendo que debajo de todo eso continúa existiendo la chica que abría Blogger para ordenar la cabeza.
Solo que ahora vivo en Madrid. Y Madrid, que durante años representó algo gigantesco y lejano, se ha convertido en casa.
Eso quizá es una de las cosas más raras de hacerse adulta: darte cuenta de que muchos de los lugares, sueños o personas que antes parecían imposibles terminan volviéndose cotidianos.
También convivo con el amor de mi vida. Y decir eso todavía me parece extrañísimo. A los 16 años el amor era una idea dramática, casi cinematográfica. Ahora se parece más a compartir supermercado, cansancio, silencios cómodos y preguntarnos qué cenamos un martes cualquiera. Y sinceramente: me gusta mucho más esta versión.
A veces pienso en toda la gente que conocí en internet en aquellos años. Algunas personas desaparecieron por completo. Otras siguen ahí, orbitando de vez en cuando. Y luego estamos quienes, de alguna manera, sobrevivimos a varias versiones de internet y seguimos escribiendo.Quizá porque escribir siempre fue una forma de dejar pequeñas migas de pan para encontrarnos después.
Y aquí estoy. Con casi 36 años. Volviendo a un blog que empezó cuando todavía sonaban módems en algunas casas y existían los zumbidos del Messenger. Hablando sobre nostalgia, sobre Frutiger Aero y sobre cómo el tiempo pasa tan rápido que a veces da vértigo.
Pero también pensando que hay algo bonito en regresar a ciertos lugares digitales.
Como abrir una habitación cerrada durante años y descubrir que todavía huele un poco a ti.
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario